notas de opinión
(pensamos, escribimos, compartimos y escuchamos). |
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la viga encima de la columna
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Por: Antonito Stone 
Te voy a hacer un favor, cálido lector, amable lectora: Buscá en Internet “shine a Light”(1) … el tema de los Stones… de los Rolling Stones, del disco “Exile On Main Street” es de 1972… ¡Sí hace mucho mucho! Fijate, empieza apenas con un pianito y la voz de Jagger… prestá atención, le canta a alguien que tiene una sonrisa en su cara y làgrimas en los ojos… contradicciones y dudas, eso que todos somos… Pero date cuenta como la canción, primero nostálgica y casi triste, a partir de un bombo sencillo, va tomando otra cadencia, sí sí, fijate que en el estribillo es un tema que vale la pena disfrutar.
El desafío era y es, decir cuestionando un discurso único agotado y aburridor. El desafío tenía más que ver con “disparar” opiniones diversas que con estirar la propia opinión en busca de público aplaudidor… algunos lo entendemos así y es por esto que ahora más que nunca queremos sumar nuestras letras al espacio nuevo que nos brinda Banda Ancha. Del derecho y del revés todos somos lo que tenemos que ser o no seremos nada... Y esa es toda la cuestión que otros vendrán a cuestionar faltos de creatividad y limitados por la estrecha visión del mundo a partir de las anteojeras elegidas, fiscales, jueces, miopes y frustrados observadores de la existencia de otros, ajenos a un propio existir triste y virtual, “comprometido” con “la lucha”, infantiles, mediocres ¡como yo, claro, pero infinitamente más aburridos!... Tan humanos todos…
No busco entonces agradarte (ya notaste), ni a vos, ni a aquellos otros. “Hipocresía 1” y “Demagogia Social” no las rendí, Tampoco me anoté en el tallercito “Como construir un discurso políticamente correcto relleno de nada muy aplicable en la Universidad Pública e inútil en la realidad”, no no, vengo de pasada y con otras intenciones que caerle bien a alguien.
Vengo porque quiero creer que en la Facultad donde todo es relativo, posible y en potencia, no seré interpelado por policias virtuales, contralores del pensamiento ajeno, miedosos, de la realidad circundante. Vengo porque quiero creer que en la Facultad de la escucha las intervenciones, pueden no ser siempre la jactancia de una soberbia, que sólo denuncia el propio pánico al (y a lo) otro, a lo nuevo (y al nuevo), a lo concreto. Quiero creer que se puede decir a pesar de los que quieren acallar toda voz a su mirada “incorrecta”, toda voz decidora de “lo otro”, lo acallado, acá hallado, encontrado, recuperado… y sí… se puede caer toda una columna pero entonces reivindicaremos la viga y desde ahí diremos, daremos, escucharemos.
Vengo a reivindicar un buen negocio (¡¡¡Hoooo!!! dijo negocio) para todas las partes como aquello preferible antes que todas esas malditas luchas donde los derrotados son siempre todos los involucrados. Quiero comer el pan y beber el vino y llamar al pan “pan” y al vino “vino”… y saber que no todo es lo mismo, aunque se parezca. Vengo a construir, vengo a disfrutar.
Sentarse a una mesa civilizadamente, exponer argumentos, discutir las posiciones, concensuar a conveniencia de todas las partes involucradas… Eso es negociar, conseguir publicidad para nuestras publicaciones y entonces no usar la plata de apuntes que les vendemos a nuestros compañeros… Negociar, como hacemos con nuestros padres, con nuestros amigos antes de una salida de fin de semana, con nuestras parejas.
En Psico estamos muy mal pero podemos ir mucho mejor. ¿No te gusta leerlo? Bueno, entonces otra vez: En Psico estamos muy mal pero podemos ir mucho mejor. Enunciar el problema es el primer paso. Hacernos cargo cada uno de lo que nos toca, y no tener vergüenza cuando se diga de nosotros cualquier cosa. Hacer siempre será mejor que sólo declamar.
Entonces me voy yendo y me dejo llevar por otra canción del mismo disco de los Stones “Sweet Virginia”(2), buscala y contame que te pareció. Escribámonos. Nadie podrá prohibirnos pensar y expresarnos, porque somos libres, responsables y solidarios. ¡Acercate!
1) http://www.youtube.com/watch?v=UPbozLRU3so&feature=fvw
2) http://www.youtube.com/watch?v=Us-Qzze9iGk
PUEDEN VENIR CUANTOS QUIERAN,
QUE SERáN TRATADOS BIEN... |
la columna que gime y agrupa |
Por: Rocío Seharta
No aclares que oscurece… dice mi abuela.
Pero parece que hay veces que es necesario ponerle todas las letras a las palabras, todos los significados posibles para que en la Facultad de la interpretación no terminemos interpretando cualquier verdura.
Entonces acá estoy, tratando de ironizar un poco las cosas, los hechos (algunos) echables a la basura.
ACLARACIÓN: cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia (la frase es buenísima y te salva de todo).
Entonces nos encontramos en la Facultad de lo hipotético siempre, del verbo condicional, del todo es posible… ahora ¿todo vale? Parece que se nos ha extendido un poco la teoría de la relatividad, sabemos bien que no vale hacer cualquier cosa, por suerte el inconsciente siempre nos atrapa, no vale hacer cualquier interpretación barata, ¿qué nos creemos de pronto, semi dioses con alguna verdad posible? ¡qué ironía! Se supone que todo es posible pero cada uno tiene SU verdad (única e irrefutable!)
Como debemos dejar devenir al deseo parece que todo vale… entonces siempre tenemos un discurso políticamente correcto, entonces no vale quejarse de que una columna no te deja ver… o que la Facu en la semana de elecciones parecía más un corso que una Facultad (no faltaba nada… disfraces, payasos, murgas con tambores, papeles de colores por todos lados, música a todo lo que da… y la gente molesta tirándote boletas y volantes… digo espuma)
Pregonamos por la escucha, por la tolerancia de las diferencias y después, durante una semana, asistimos al show de la degradación, de la ofensa, a cualquier cosa llegan tratando de que los votes, únicamente para seguir vendiendo apuntes y financiando sus carteles y propaganda política… acusando a la gente de que no participa, que no se preocupa… tal vez deberíamos preguntarnos si es necesario homogeneizar la participación… ¿no es que era mejor la diversidad, la tolerancia y la escucha?
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¿Cómo vamos a ser buenos profesionales, comprometidos con la salud si no sabemos hacer eso en nuestra Facu? Es que acaso de verdad pensamos que es “normal” (aclaremos que oscurece… dentro de la norma, el punto medio de la campana de Gauss… etc… si, si… eso que en la vida real, cuando salimos a la calle la gente llama “normal”) decía, ¿Es “normal” que la Facu sea un chiquero? O mejor aún ¿es preferible? ¿es lo que de verdad queremos elegir? ¡Que no nos guste estar en la Facu! ¡Que no podamos tomar clases como corresponde…! ¿Qué es la educación pública con calidad académica? ¿Interrumpir las clases todo el tiempo para escuchar la pelorata de la militonta de turno?
Juntos podemos, obvio… pero en la diversidad… no en el orden-cuestionado-intervenido-desvirtuado-reordenado fanáticamente-desprolijo (si, si, aclaremos que oscurece… eso que en la calle la gente llama quilombo, despelote, lío, caos, que no se puede estar, etc) impuesto por una pandillita de esclarecidos.
Los discursos políticamente correctos: “debemos participar, debemos luchar, debemos ser mejores profesionales comprometidos con la sociedad”…. etc…. tal vez tengan algo de “verdad” (aclaremos nuevamente… eso que la gente llama algo de realidad real, no real según Lacan… que casi nadie entiende lo que es pero es algo re importante a saber cuando termines la Facu… y te hace re intelectual tratar de explicarle a tus amigos qué es eso que es real, y que no es lo mismo que ellos dicen real… sabemos bah… que lo real para la gente es eso que se toca, se siente!!! Pero para nosotros que entendemos más de todo, que estamos iluminados no es eso… en fin!).
Ahora bien (diría nuestro amigo Freud cuando tiene que decir algo importante)… ¿cuánta verdad hay ahí? Si vos venís a la Facu, participas de cada clase… y es verdad… no tenés ganas de meterte en “política”, crees que es importante… pero estas cansado(a), trabajaste 9 horas… te bancaste 2 horas de viaje en el Sarmiento… ¡La verdad es que querés sentarte y escuchar la clase!
“La” verdad es tanto verdad por lo qué se dice como por quién “La dice” no alcanza con decir algo “cierto” para que sea verdad, es conveniente ser además creíble, el mensaje no existe sin el mensajero, y en nuestra Facultad, lamentablemente, muchísimas veces, el buen mensaje muere por culpa de los desastrosos e irrespetuosos mensajeros. |
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Esta Columna te (es)Pía
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“El gesto de descuido como
la naturalización del estigma intelectual”
Podríamos pensar sobre el gesto de descuido como la naturalización del estigma intelectual.
En los pasillos, la entrada a la facultad podemos verlo y nos preguntamos ¿Se puede saber a simple vista quién es estudiante de psicología? Por supuesto que no, pero sí podemos vislumbrar a algunos de los estudiantes “comprometidos” con los que nos cruzamos antes. Ni siquiera hace falta entrar a la facultad; ya desde la esquina queda claro quién responde a esa categoría. No es que las personas lleven puesto un cartelito o se vistan con determinado uniforme; sin embargo, resultan inconfundibles.
El estudiante promedio puede adoptar una diversidad de estilos que van desde propuestas étnicas, pasando por gestos hippies o detalles vintage hasta un look laboral - empresarial. No son jeans genéricos, camisas blancas y pullovers escote en “V” azules o verdes, como veíamos en algunas fotos viejas. Pero la presentación de ciertos estudiantes de psicología guarda una estética más estricta y tan meritoriamente construida como la de un publicista, un diseñador gráfico y hasta un personaje de la farándula.
Es una apuesta deliberadamente comunicadora. Algo común atraviesa cada construcción indumentaria. Algo puesto ahí con un gesto que podría pensarse como descuido calculado.
Este descuido (llámese pelo alborotado, rebarba, botamanga de los pantalones arrastradas con la gracia del velo de una novia, rimel corrido, ropa interior que se muestra en forma “accidental”, zapatillas blancas que ya no son blancas porque no han sido lavadas adrede) está ubicado en un campo que no es cualquiera, es el campo de la imagen.
Así pensamos desde el punto de vista básico de la comunicación visual, un cartel redondo que exhibe una “E” mayúscula encerrada en un círculo significa “permitido estacionar”. Si ese círculo con la “E” mayúscula se encuentra atravesada por una barra, significa “prohibido estacionar”.
Esa lógica aplicada a la propuesta comunicacional de la indumentaria en el espacio de la facultad ubica al descuido en la función de la barra de “prohibido estacionar”, sólo que pronunciándose respecto de la imagen, esto es, cuestionándola.
¿Cuál sería el propósito de cuestionar la imagen? Sólo se puede responder con especulaciones.
En los hechos, el efecto de cuestionar la imagen implica que no es con la imagen, que es con otra cosa.
Otra cosa más allá de la imagen pueden ser muchas otras cuestiones. Al menos una de esas “otras cosas” puede ser encontrada en la lingüística. En el algoritmo saussureano aparecen dos términos: una imagen acústica y un “concepto” al que remite dicha imagen acústica. El concepto sería esa “otra cosa” de la imagen acústica.
Así, el mensaje cifrado en la indumentaria propia de los “comprometidos” de la facultad de psicología podría traducirse de esta forma:
"No es con la imagen, es con otra cosa, es con el concepto". ¿Qué concepto?, es el que nos estuvimos cuestionando acerca de aquellos que nos declaman un deber ser universal y “consciente”.
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sobre la teoría y la práctica
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Por: Irineo Funes
Una queja suele recorrer los pasillos de nuestra facultad: la que se refiere al carácter eminentemente teórico de nuestra carrera. Esta idea suele ir acompañada de una segunda: que los conceptos que tan laboriosamente incorporamos no dan cuenta de las situaciones que se presentan en la práctica concreta del psicólogo. En contraste con esto, el saber que se le supone a muchos docentes produce no pocas veces efectos de fascinación, aunque ese saber implique una complejidad teórica importante. ¿Cómo pensar esta aparente paradoja?
El hilo que nos permitirá orientarnos allí podría resumirse en la fórmula que encabeza el último número de una conocida revista psicoanalítica: «Teoría sin práctica. Práctica sin teoría». Lo que se supone, entonces, no es otra cosa que una escisión entre teoría y práctica. Si esto es así, las reglas para una buena práctica sólo podrían extraerse de la práctica misma, y los conceptos serían, con respecto a esto, siempre insuficientes. Esta formulación naufraga sin embargo cuando se la confronta con la experiencia: una práctica que no está ordenada por ciertas referencias conceptuales sólo puede, en el mejor de los casos, reducirse a un conjunto de intuiciones felices, y, en el peor, comprobar el conocido aforismo que prefiere la enfermedad a un mal remedio.
Si nos preguntamos, por el contrario, de qué manera se articulan de hecho teoría y práctica, encontramos, en primer lugar, que los conceptos proporcionan un mapa que, si bien no equivale al territorio, es sin embargo de una utilidad innegable, como cualquiera que se haya extraviado alguna vez sabe. Un buen conocimiento de la semiología psiquiátrica ayudará, por cierto, a diferenciar una alucinación psicótica de una de origen orgánico, así como una concepción de la escuela como dispositivo permitirá enmarcar una serie de fenómenos que no se producirían como tales fuera de ese ámbito. |
En segundo lugar, la teoría le aporta a la práctica una potencia reflexiva que de otro modo sería difícil de alcanzar. Si los psicólogos no somos simples técnicos es justamente porque nuestra praxis se caracteriza por un replanteo permanente de sus condiciones de posibilidad y sus obstáculos, lo cual incluye también una pregunta por el alcance y los efectos de cada práctica y por nuestra posición allí, pregunta que podríamos llamar ética.
Inversamente, la práctica por fuerza descompleta e interroga la teoría. Todo aquél que ha recorrido la transición que lleva de la condición de estudiante a la de graduado sabe por experiencia que las preguntas que se le hacen a la teoría son distintas, y que las lecturas y formación de posgrado responden a las cuestiones que la práctica nos plantea. Sin embargo, fue preciso recorrer la escarpada senda de la teoría para que esas preguntas sean siquiera pensables. Y, por otra parte, que algunas preguntas que nos hacemos como estudiantes conserven su vigencia a lo largo del tiempo confirma que ese recorrido teórico no ha sido estéril.
Volvamos, por último, a nuestro punto de partida. Es precisamente la escisión supuesta entre la teoría y la práctica la que, podemos pensar, lleva tanto al sentimiento de una carencia con respecto a la práctica como a una sobrevaloración de la teoría. El saber que portan o se les atribuye a algunos docentes se convierte así en un elemento fetichizado, que tendría valor en sí mismo más que en su potencia con respecto a la praxis, y hay que suponer que esa fetichización del saber produce no pocas veces una idealización de quien lo detenta. Como estudiantes ésta cuestión es un ejercicio de reflexión ineludible.
Que a algunos docentes no les incomode esta situación es una discusión que dejamos para otro momento. Concluiremos, por hoy, con una convicción: que teoría y práctica, sin reducirse una a otra, se implican recíprocamente, y que tener ésta relación presente, aún antes de hacerla efectiva en nuestra propia experiencia, es también un modo de tomar posición en nuestro recorrido como estudiantes, ya que allí donde determinados ideales pueden ser revisados se abre el camino al deseo y a los actos que lo tienen en cuenta. |
la columna de Antonella ramone: 4ta. entrega
"Las cosas sí pueden cambiar"
Se acercan las elecciones del Centro de Estudiantes. Y sabemos que otra vez la facultad se convierte, de a poco, en un lugar muy poco agradable, muy poco habitable, muy conflictivo y lleno de discursos que discuten entre ellos. Época en la cual al entrar en la facultad contemplamos, indefectiblemente, la clásica pelea ruidosa entre agrupaciones por conseguir unos segundos más de atención de algún estudiante que es muy probable tire en el próximo tacho saturado de volantes aquel que le acaban de entregar. Ahí también terminan otros cuatro o cinco que había agarrado antes de ese, y que tampoco leyó. De esta manera los cestos no dan abasto y se convierten en montañas de basura que luego es esparcida por toda la facultad, alfombrándola, llenándola. Lenta e inexorablemente los carteles llegan a forrar los escalones y los pasamanos de las escaleras, las paredes de aulas y pasillos, y, como si fuera poco, los pizarrones, donde compiten con los docentes por nuestra concentración en la clase (paradójico en un lugar donde la principal actividad es dar clases).
De repente algunos empezamos a escuchar un
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malestar que crece para convertirse en una queja que reclama un poco de silencio, que exige respeto y soluciones. Y las razones son obvias, pero no para todos; no para los que no paran de hablar, repartir volantes, armar y colgar carteles gigantescos, tratando de convencernos a toda costa que son la mejor opción a la hora de votar. Y si permitimos que nos detengan antes de entrar a clases, o les prestamos atención cuando las interrumpen una y otra vez, con gusto nos explican que debemos elegirlos a ellos, más que nada porque las otras agrupaciones, según nos cuentan, nos mienten. Entonces no les permitimos más que nos detengan antes de entrar a clases, no les prestamos más atención cuando las interrumpen una y otra vez, renunciamos a creer sus explicaciones, y por sobre todo, dejamos de votar. De esta manera, inversamente a lo esperado con estas estrategias, se instaura una indiferencia muy difícil de combatir ya que aquellos interesados en conseguir nuestro voto no entienden que la contaminación visual y la repetición excesiva de lemas indefinidos sólo nos causan indignación, bronca y desidia hacia todas las agrupaciones, hacia todas las elecciones, hacia todos.
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Como corolario, no son muchos los que se toman el tiempo para elegir a quienes elegirán por nosotros lo más conveniente para la facultad durante otro año más. Y muchos sólo se molestan en elegir lo único que conocen, porque todos sus sentidos les indican que “es todo lo mismo” y que “no vale la pena”. Cada vez hay menos interés y menos confianza en que las cosas puedan cambiar.
Pero las cosas sí pueden cambiar. Sólo necesitamos respeto, claridad y honestidad a la hora de exponer ideas. Y mejores propuestas. Propuestas que nos incluyan, que nos escuchen, que nos entiendan, que crean en nosotros y en la validez de nuestras solicitudes. Porque eso es lo que necesitamos; si los estudiantes no son representados, el Centro de Estudiantes deja de tener sentido. Y si esto sucede, la indignación y la apatía continúan, un año más, a la espera de que algo se modifique, pero sin creerlo en realidad, sin confiar nunca en un cambio auténtico.
Este año hay una opción NUEVA y diferente. Vos sabes.
BANDA ANCHA
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la columna de Antonella ramone: 3ra. entrega
"¿Lo digo, o no lo digo?"
Entre las muchas y variadas enseñanzas que mi padre me ha legado, hay una frase que siempre, por una u otra razón, recuerdo, y dice así: “Podés hacer lo que quieras en la vida, menos evitar las consecuencias”. De más está decir que puede aplicarse a cualquier accionar; siempre uno termina dándose cuenta que los efectos concomitantes de algo que hizo o dejó de hacer, expresó o se olvidó de decir (sin traer aquí a Freud, que, con gusto, nos ayudaría a descubrir el por qué de tal “olvido”) muchas veces escapan a lo que uno esperaba o siquiera imaginaba.
Hete aquí que, en más de una ocasión, nos encontramos tratando de explicar lo inexplicable. Claro, es complicado para nosotros, que estamos seguros de no haber querido ofender ni lastimar a nadie, explicar nuestro accionar a alguien que, obviamente, no tiene el mismo panorama y resultó lastimado u ofendido. Muchas veces es casi imposible aclarar lo que dijimos, y en contadas ocasiones es tan complejo el asunto que las personas dejan de hablarse, empiezan a cambiar de opinión sobre alguien, e incluso pequeñas guerras tienen lugar por lo que fue, en un principio, sólo un comentario, una frase, un “decir”.
Yo me pregunto: ¿Dónde está el límite entre lo que uno tiene “derecho” a decir y aquello que es “mejor callar”?, ¿Cómo hace uno para que aquello inherente a la vida social, las palabras, sean sólo lo que les pedimos que sean?, ¿Para que los términos que brotan de nuestros labios no signifiquen nada más que lo que representan al momento de decirlas?, ¿Cómo explicar nuestra propia imparcialidad.
Creo que las respuestas son diferentes para cada uno de nosotros; tan variadas como variedad de subjetividades uno puede encontrar.
Para muchos de nosotros ciertas palabras no se
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pueden decir, para otros algunos fonemas son ofensivos, insultantes o incluso blasfemos; otros tendrán miedo a hablar por “el qué dirán”, o “para no quemarlo”, o, incluso, para que no pase lo temido al nombrarlo, al hacerlo palabra. La palabra nunca es ella sola, siempre es ligazón entre sujetos, entre significaciones, entre intenciones; ya Watzlawick nos advirtió, en su Teoría de la Comunicación Humana, de los peligros que corremos al, justamente, comunicarnos, confundiendo intencionalidades, objetivos y puntuaciones de nuestro inocente interlocutor.
Muchos repiten incansablemente el mismo discurso, tratando de convencerse de que es así y no hay otra forma de verlo, sintiéndose cuasi ultrajados si alguien trata de contarles que existen otras formas de pensar, hablar y comunicarse. Por suerte también están los que reaccionan agradecidos y curiosos cuando alguien es diferente, sin catalogar bajo la eterna (y cansadora) lógica binaria, que demanda que la gente sea “como uno” o “no como uno”; que el discurso de otro individuo sea solamente “verdadero” o “falso”; que sea catalogado como “bueno” o “malo”, que entre en los límites de lo “normal” o “anormal”, que sea “sano” o “enfermo” en última instancia. ¿Por qué será tan difícil entendernos bajo un “Y” en vez de un “O”?, ¿Por qué tenemos esa ¿naturaleza?, ¿costumbre? de segregar y excluir en vez de incluir?
Y si nos ponemos a pensar, si, le decimos “loco” a todo aquel que no encaje con lo que solemos, esperamos o quisiéramos ver, escuchar o tratar; aunque sea en broma, incluso en ese momento estamos fundando significado. Significado que, otra vez, puede ser ofensivo, insultante… o discriminativo.
Etiquetamos así a las personas, suponiendo que están “locas” por no tener el mismo rango de accionar permitido que nosotros nos permitimos tener.
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Muchas veces uno no se da cuenta que es imposible que todos pensemos, actuemos o hablemos igual; es más, sería harto aburrido que el pensamiento sea único, compartido e ideal. Y más que aburrido sería un arma perfecta; un instrumento de control masivo que fácilmente nos dejaría a todos contentos y sin ganas de pensar más allá, sin necesidad alguna de hacernos preguntas, de cuestionar, de problematizar, de interrogarnos acerca del por qué, del cómo, de las razones que nos llevan a pensar de esa manera y no de otra. Porque en este universo imaginario no habría “otra”, como no hay manera de cuestionar, por ejemplo, a Dios; el dogma requiere la mayor entrega, la menor duda, la menor opinión, la única creencia de verdad absoluta, de realidad. De conformidad.
Yo creo que, con un alto nivel de tolerancia y escucha, bajando un poco los puños y siendo un poco más “otro” con el “Otro” podemos avanzar. Podemos pensar más allá de yo / no-yo para empezar a ver que lo distinto no siempre es de temer; que las diferencias no tienen por qué significar deficiencias. Que lo distinto muchas veces nos abre la posibilidad de pensar más allá, de tener en cuenta más variables; la homogeneidad es imposible si consideramos la heterogeneidad que nos funda, y ésta es (o tendría que ser) fuente de riqueza y no de descrédito, debería ser nuestro orgullo y no nuestra vergüenza.
BANDA ANCHA
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la columna de Antonella ramone: 2da. entrega
"el primer día (y los que seguirán...)"
En la entrega anterior te encontrabas buscando el aula donde cursar…
Mirás el reloj y te das cuenta de que te pasaste como 10 minutos con esto de buscar el aula. Le agradecés la información a la chica que ya se está yendo, y te apurás hasta entrar. Tratás de no hacer ruido, pero no hay caso: la puerta rechina y todos se dan vuelta a mirarte. Te ponés un poco bordó pero en un segundo lográs sentarte en el primer pupitre que tenés cerca. Al hacerlo te das cuenta un segundo después que no tiene, justamente, el pupitre, es sólo una silla rota. Mirás alrededor para cambiarte de lugar, pensando a cada momento cuántas palabras clave de tu primera profesora estás perdiendo. Fechas de parciales, bibliografía a comprar… Visualizás uno no muy lejos y rápidamente te pasás y acomodás tus cosas.
Al levantar la vista, te sorprendes, si, otra vez, al ver que, en lugar del pizarrón, enfrente tuyo hay una columna. No lo podés creer! Que hace una columna en el medio de un aula? Te preguntás, ya con bronca. Y recordás que estás en la UBA, donde todo, pero todo, es posible. Volvés a cambiarte de lugar a tu anterior asiento, sin pupitre pero por lo menos con la capacidad de ver al docente, quien sigue explicando, obviamente ajena a tus pesares, dónde comprar los apuntes, las fechas de los parciales y demás. Anotás todo y pasas la siguiente hora y media tratando de copiar la mayor cantidad de palabras
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posibles sin perder el hilo de lo que la profesora dice, lo que resulta más difícil de lo que esperabas. Pero no te importa, te esforzás y copiás todo lo que podés, todo lo que te da la mano, ya cansada.
Pensás que ya te vas a acostumbrar y que ese, para el caso, no es el peor de los males ahí adentro.
Para confirmar esto, después de clase te comés una espera de hora y media en el CEP (Centro de Estudiantes), donde te han recomendado comprar apuntes mucho más baratos. Y esperás. Esperás hasta que tu estómago ya no sabe en qué idioma decirte que, por favor, hagas un aporte comestible, en lo posible en los próximos cinco minutos, cuando tu humor ya cambió dos o tres veces; claro,porque la excitación de comprar tus primeros apuntes, leer las primeras palabras de Freud, Vigotsky y Piaget, dio paso a la bronca de tener que esperar tanto, lo que después dio lugar a que te convencieras que el mal humor no te llevaba a ningún lado y vuelvas a pensar en esos autores, esas mentes grandiosas… bueno, éste era el momento en el que ya no te importaba todo eso y ¡sólo querías que te vendan los malditos apuntes para poder irte a tomar el maldito colectivo y llegar a tu maldita casa a comer unas malditas milanesas!
Finalmente lográs comprarlos y te volvés a tu casa. Llegás sonriente y le contás a quien quiera escucharte todo lo que te pasó en el día,
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disfrutando quiera escucharte todo lo que te pasó en el día, disfrutando a cada momento haber comenzado tu carrera. Te acostás contento, sabiendo que estás un paso más cerca de ser un profesional, y soñás con un consultorio bañado en oro, con sillones del más fino terciopelo… Te despertás excitado con la idea de empezar a leer todos esos apuntes. Y te volvés a sorprender cuando te das cuenta que, aunque recordás haber sido muy claro al señalar, con el programa en la mano qué cosas necesitabas, dos apuntes te faltan, uno está repetido, varios tienen hojas faltantes y uno hasta tiene la mitad de las copias sacadas del revés.
Te das cuenta de que el camino va a ser muy difícil pero igual sonreís. Sonreís porque, después de todo, esa carrera la elegiste vos. La facultad también la elegiste vos, y sabés muy bien que, aunque la UBA sea terrible a veces, la querés. La querés porque un título de cualquier otra universidad no vale tanto. No vale tanto esfuerzo, ni ganas, ni convicción. Sonreís porque nadie te obliga a ir, como sí te obligaban a ir al colegio. Y, por sobre todas las cosas sonreís porque, aunque tus sueños sean largos y complicados, te encanta ser un soñador. Y porque sabés que no sos el único.
No te apenes! Si tenes ganas podemos acompañarte…
BANDA ANCHA
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la columna de Antonella ramone: 1ra. entrega
"el primer día (y los que vendrán)"
La noche anterior no dormís bien, estás como inquieto; te acostás temprano pero das vueltas en la cama hasta dejar un surco de nervios en el colchón. Pensás cómo será tu primer profesor, si será como leíste en los comentarios del foro o nada que ver, si podrás hacerte amigos, cómo serán tus compañeros…
Sin darte cuenta te quedas dormido hasta que el despertador te recuerda que ya es un nuevo día, y no cualquier día, ¡este es tu primer día de clases en la facultad de psicología!
Te preparás los cuadernos, lapiceras, resaltadores, todo lo que tenés en la lista, no querés olvidarte nada (aunque sabés que seguro te olvidás justo esa lapicera que escribe mejor que las otras…) agarrás todo y te vas. Te vas contento, pensando en que hoy arranca la etapa quizás más importante de tu vida, la etapa en la cual vas a dejar de ser un “estudiante” para convertirte en “licenciado”… suspirás y dejás que la alegría te inunde el cuerpo.
Llegás y entrás sin poder creer que este edificio, tan maltratado, descuidado y triste sea tu facultad (si no lo ves el primer día… esperá al viernes!), el mismo en el que vas a pasar los próximos 5 o 6 años de tu vida.
Claro, todavía no sabés que, en realidad, no es sólo en este edificio que tu carrera tendrá lugar, si no que hay otro más, a tan sólo ocho cuadras de éste, al que, seguramente, tendrás que ir casi corriendo entre clases para no llegar tarde a un teórico y tener que:
a- sentarte en el piso
b- sentarte atrás de una columna
c- sentarte tan atrás que las filminas parecen una joda a lo Tinelli |
Aparte de, obviamente, bancarte la vergüenza de que toda el aula se dé vuelta para mirarte cuando entrás, lo que seguramente tiene como consecuencia que el color de tu cara suba 5 o 6 tonos en 2 o 3 segundos.
Entonces llegás a la facultad, no?
Buscás un tacho para tirar los seis o siete volantes que te obligaron a agarrar a la entrada, y no lo encontrás por la cantidad de carteles colgados del techo que atentan contra tu capacidad de ver más allá de dos metros, te sorprendés por la cantidad de papeles y vasos de café abandonados a su suerte al lado de una columna, y pensás: “qué te cuesta tirarlo en un tacho…”, hasta que volvés a sorprenderte, una vez más (pero no la última, lamentablemente) cuando ves que todos los tachos son ya casi montañas de basura, no, en realidad SON montañas de basura.
Mirás para los costados como tratando de reentender por qué sucede eso, pero no podés, te quedás con los volantes pensando que quizás es una estrategia de los que los reparten, hartos de ver cómo los tachos de basura se llenan de la información que deben hacer llegar a la mayor cantidad de alumnos.
No entendés la lógica (que suponés bastante estúpida) de poner tachos tamaño hogar en un lugar por donde pasan más de 50 personas por hora, pero prometés siempre llevarte los volantes a casa, no participar de eso, y con ese pensamiento empezás a subir las escaleras, y ahí es cuando te alarma un poco el estado de sus escalones y sus barandas… y cuando llegás arriba te sorprende ver que hay un tirante de madera que parece estar “trabando” algo, que te hace recordar, con mucha tristeza a aquella canción que explicaba que acá todo lo atamos con alambre, lo' atamo'. |
Suspirás y seguís caminando. Nada puede con vos el día que EMPEZÁS LA FACU.
De repente te das cuenta que no podés encontrar el aula. Volvés a chequear el papel.
Número ciento diecinueve. Recorrés por segunda vez el primer piso, ¡sabés que tiene que estar ahí! Te decís a vos mismo “Soy un gil, estoy tan nervioso que no la veo…”, pero juntás fuerzas (odiás preguntarle a la gente donde está tal o cual cosa) y le preguntás a una chica que pasa si sabe dónde puede llegar a estar el aula ciento diecinueve.
Se ríe y por un segundo sentís que no tendrías que haberle dicho nada, pero deja de reírse al ver tu cara y te dice: “No te sientas mal, a todos nos pasa lo mismo, está escondida ahí abajo” y señala una escalera que no bajaste porque el número del aula indicaría que tendría que estar en el primer piso. La chica parece leer tu pensamiento y te dice: “Si es cualquiera esa aula, ¡tendría que estar acá arriba!”
En la próxima entrega te contamos cómo sigue la historia… de entrar a un aula, comprar apuntes, y tratar de leerlos!!
No te apenes! Si tenes ganas podemos acompañarte…
BANDA ANCHA
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